Colaterales

Como vimos en artículos previos, estamos muy acostumbrados a un discurso procedente de la cultura americana enfocada en la obtención del éxito, llegando incluso a oír alguna vez eso de “hazte rico mientras duermes”. Siguiendo la estela de esta narrativa, me gustaría abordar en este caso las consecuencias que puede tener conseguir ese éxito: ganar, destacar, triunfar. En el ejemplo de Elizabeth Holmes, su éxito fue reunir (el dinero de) inversores que apostaron por un proyecto en construcción. Nada desdeñable teniendo en cuenta que la empresa empezó su andanza en 2003 hasta 2017. ¡14 años! Sin obtener los objetivos.

Las consecuencias de sí obtener el éxito lo podemos ver en la historia de la cantante Whitney Houston. También recomiendo cualquiera de los dos documentales que se realizaron sobre su vida con intervenciones de familiares, amigos o trabajadores.

Parafraseando la frase de Spiderman, «un gran talento conlleva una gran responsabilidad». Mi amiga Anna Farré dice que un gran talento se puede convertir en tu prisión. Te podía gustar más o menos su estilo, pero Whitney tenía un vozarrón. Su voz se convirtió en un éxito comercial mundial. Y parece que finalmente ese éxito se convirtió en una trampa mortal.

 

Un dramón nivel 10 y otros trapos sucios

La verdad es que en ambos documentales los familiares más directos no salen demasiado bien parados. En cuanto la cantante empezó su trayectoria hacia la fama, incluyó a sus hermanos (y luego cuñadas y otros familiares) en el equipo de producción que había detrás de la marca WH. Los hermanos habían introducido a Whitney en el mundo de las drogas antes de que explotara como fenómeno mundial. Las drogas corrían en las giras y los conciertos, como un trabajador más. El típico cliché.

La estructura familiar de los Houston vista desde fuera (y por lo contado en los documentales) presentan a un padre caradura y a una madre que ya trabajaba como cantante y no siempre podía estar por los hijos debido a sus obligaciones profesionales. Así que los dejaba a cargo de algunos familiares. Según se cuenta en uno de los documentales, los tres hermanos Houston sufrieron abusos sexuales por parte de una tía (también cantante) que a veces se hacía cargo de ellos.

En pleno ascenso a la fama, Whitney conoce al cantante Bobby Brown, con el que se casó y tuvo una hija. Sin embargo, BB quedó eclipsado por la fama de su mujer, o sea, quedó en el lugar de “marido de”. Mientras ella triunfaba, él desaparecía. Aunque ella lo incluía en sus conciertos, parece ser que él no llevaba demasiado bien ser un segundón. Se convirtió en una relación tóxica.

El declive de la cantante se fue dando gradualmente. Sus colaboradores empezaron a avisar a la familia de Whitney que ésta tenía un problema con las drogas. Sin embargo, y según se desprende, nadie hizo nada. Uno de los colaboradores reflexiona ¿cómo retirar de la circulación la gallina de los huevos de oro?, ¿Cómo dejar de llevar un tren de vida al que uno se ha acostumbrado?

En los últimos tiempos, incluso su padre la demandó por, cómo no, asuntos de dinero. Parece que esto acabó de romper el corazón a la cantante. Como ya sabemos, ella murió en la bañera de un hotel. Al cabo de unos meses también murió su hija. Una historia de éxito esconde detrás un dramón.

Y yo me pregunto: ¿cómo es que la narrativa yanki se presenta siempre impoluta y nunca atiende a los daños colaterales que hay detrás de aquello que ensalza?

 

La necesidad de amor

Sean cuales sean las circunstancias vitales que le han tocado a uno, creo que casi nadie en el planeta Tierra está preparado para lidiar con las consecuencias del éxito. El éxito puede parecer algo muy deseable así de entrada.

Si lo aterrizamos, veremos que tiene relación con algunas imperiosas necesidades que compartimos los sapiens: como la del amor y la del reconocimiento. En mi experiencia como terapeuta, y a pesar de las apariencias, en muchos casos nuestro amor propio (lo que viene llamándose autoestima) brilla por su ausencia. En general, tenemos poca -o nula- autoestima o la tenemos repartida entre ámbitos. Como no nos queremos -demasiado- a nosotros mismos y/o tampoco nos hemos sentido bien amados, buscamos amor y reconocimiento fuera de nosotros. O sea, en otros. El éxito o la fama son formas de reconocimiento, un sucedáneo de amor. Recordemos que Elizabeth Holmes quería ser una eminencia.

Pasar a ser una persona famosa, quiere decir básicamente perder grandes cuotas de privacidad, intimidad y anonimato. Olvídate de bajar un momento a buscar sal porque en cuanto pises una tienda, alguien te reconocerá y se armará un alboroto. Con suerte volverás una hora más tarde a casa después de haber charlado con los admiradores, haber firmado autógrafos o haberte hecho unas fotos que irán a parar a las redes sociales. ¿Qué pasa si un día estás de mal humor y le contestas mal a alguien? O tienes una cita, vas tarde y no quieres atender esa fotografía o ese autógrafo… por no entrar en cómo tu vida amoroso-sexual se convierte en portada de no sé qué revista o en comidilla del programa de televisión de turno. Tu vida personal se convierte en punto de mira y es diseccionada, inspeccionada, comentada, fotografiada a escondidas o no. Como le ocurrió a Whitney Houston y a tantos otros.

Como apuntan mis admirados TSL en un artículo sobre la fama, algo mal debemos estar haciendo si se ha incrementado el deseo de ser alguien (exitoso-famoso- reconocido). ¿Qué estamos supliendo con ese deseo? También podemos preguntarnos por qué las personas anónimas llegamos a idolatrar a cantantes, deportistas, actores, escritores… dejando de verles como personas con sus virtudes y sus sombras.

lia paris - éxito - blanc

Make a difference

Hace unos años vi una película (muy mala) de la que saqué una gran frase. La protagonista, una joven americana, decía aquello de que ella había ido a Turquía para «make a difference». Sí, quería dejar una huella, una impresión, hacer del mundo un lugar mejor. Pero fue al revés, fue el mundo que la cambió a ella.

«Make a difference», aunque puede sonar muy bien así de entrada, honestamente: es muy poco humilde. De joven, quien más quien menos, ha soñado con cambiar las cosas: el mundo sería un lugar mejor si las cosas se hicieran como uno las ve. Sin embargo, no hay nada como la práctica para darnos cuenta que, hacer cambios, es más complicado de lo que parece. Primero porque, además de la opinión personal, están las de todos los otros… y a menudo no coinciden. Tampoco en cómo habría que llevarse a cabo.

El tiempo y las experiencias nos hacen dar cuenta que al final son ellos los que nos cambian y modulan. No niego que no podamos hacer algunas aportaciones personales y/o grupales. Si no fuera así, todavía estaríamos robándole el fuego a un árbol incendiado por un relámpago.

Todo esto me hace volver a lo que decía hace unas semanas: quizás se trata de querer hacerlo lo mejor posible desde el ámbito y el entorno en el que uno se mueva. Y eso es suficientemente bueno.

Sobre el autor/a

Lia París

Antropóloga, docente, project manager y mucho más.

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