La dinámica interna

La cháchara interna

En los dos últimos artículos he abordado la complejidad tanto de las dinámicas grupales como uno de los roles sacrosantos del trabajo en equipo: el del líder.

Escribía que, la gestión de un grupo de personas que se ponen a trabajar juntas es algo más complicado que dejarlo todo en manos de un líder wonderfuliano. Se juntan personas con sus miedos, deseos, ambiciones, expectativas (…). Y esas personas ocupan roles. Cada uno acaba negociando, consigo mismo y como puede, entre sus atributos personales y el rol asignado.

Te propongo hacer una breve inmersión psicológica a la dinámica interna de una persona para acabar de comprender por qué las cosas se complican cuando nos juntamos para llevar a cabo ciertas tareas o propuestas. 

 

Yo conmigo mismo mismamente

Por dinámica interna entiendo la relación que estableces contigo: es esa conversación constante, la cháchara. Esa relación es complicada. Y no siempre sana.

Para empezar, vamos a partir de la conciencia y la inconsciencia. 

La conciencia implica la capacidad de autorreconocimiento: la percepción de mi propia existencia, de mis pensamientos, sentimientos, actos y la percepción de lo que ocurre más allá de mí. 

Apunte: parece ser que ese autorreconocimiento, ese sentir que soy un yo distinto a otros, empieza a darse a partir de los dos años. 

Por lo tanto, la inconsciencia o subconsciente es todo aquello que no soy capaz de percibir: sean pensamientos, sentimientos, deseos, etc., de los que no me entero.    

A Freud le gustaba utilizar la imagen del iceberg para comprender cómo actúan estas dos partes: la conciencia sería la masa de hielo de la superficie; la inconsciencia la parte sumergida. ¡Y vaya con la parte sumergida! Es que básicamente la mayor parte de la superficie de un icerberg está sumergida. 

 

 

Hay algunas razones fisiológicas que en parte explican la magnitud de la inconsciencia. Imagínate que pudieras ser consciente de tooodoooo lo que te ocurre ahora mismo a nivel corporal: y percibieras las conexiones entre neuronas, el recorrido de tu respiración y su sonido, todos los estímulos visuales, auditivos, olfativos, táctiles, etc., que constantemente llegan y su recorrido interno. Que pudieras sentir y escuchar cómo tu cuerpo hace la digestión o el recorrido desde las neuronas para mover tu dedo meñique. Imagínate que pudieras ser consciente de todo eso y mucho más al mismo tiempo. Básicamente te volverías loco si percibieras toda esta estimulación interna y externa y su trayectoria corporal. 

Así que, sabiamente, la evolución ha capitalizado mecanismos para que funcionemos en modo automático, o con poca percepción, sin enterarnos demasiado. Evidentemente transciende a lo puramente fisiológico y hay montones de aspectos (cognitivos, emocionales, etc.) de los que tampoco nos enteramos. Pero están y funcionan. 

 

El manual de instrucciones social y familiar

Parte de la cháchara interna, tiene que ver con qué pautas, normas, ideas, costumbres, principios, órdenes, etc., has aprendido que son las correctas, apropiadas -o, todo lo contrario, incorrectas e inapropiadas-, durante el periodo de socialización (infancia y adolescencia). Y esto se aprende como se puede, con cierta interpretación, porque el cerebro está cociéndose… ¡hasta los 21 años aproximadamente! ¿Cómo vas a comprender según qué cosas a según qué edades si el cerebro no está ni un 10% uploaded? 

Un ejemplo de esta codificación social es aquello clásico de los hombres no lloran o la variante tienen que ser fuertes. Es muy fácil que incorpores esta información y la acabes cumpliendo a rajatabla de manera totalmente inconsciente. Es una entrada del Manual de Gestión de la emoción tristeza dependiente del género. 

 

 

No son solo mensajes dichos sino también los actuados. Por ejemplo, muchos de nosotros hemos vivido la experiencia de un padre ausente, que se pasaba el día trabajando. Es fácil inferir que para un hombre lo importante es lo profesional; es lo que le da “validez”. Así que no es de extrañar que la mayoría de hombres estén teledirigidos hacia lo profesional. En las últimas décadas, también las mujeres, incorporadas al tejido laboral, se teledirigen a lo profesional y aplazan su maternidad hasta fechas muy límite, con las consecuencias que puede conllevar. 

Sea como sea, nos llegan informaciones subliminales sobre lo que es correcto o tabú, tanto a nivel familiar como social. Estas informaciones subliminales nos señalan sutilmente cómo debemos manejarnos con, por ejemplo, toda la gama de emociones. Si digo alegría, tristeza, miedo o rabia, me apuesto lo que sea que la alegría es bien y las otras… no son bienvenidas. Y si las sientes, mejor disimúlalas, por Dios, que no se te noten, ¿qué van a pensar de ti? Y blablabla. Solo por mencionar las emociones básicas, porque hay más: envidia, culpa, rechazo, dolor, vergüenza, decepción, etc. Todas estas, en general, las echamos bajo la alfombra.  

 

El autoconcepto

A partir del manual de instrucciones social y familiar, de nuestras vivencias (en parte reales, en parte interpretadas), y a partir de nuestro temperamento, customizamos una identidad. 

El temperamento es con lo que llegamos y está en la base del carácter. A nivel muy básico es aquello que dicen de un niño que, al nacer, se muestra muy tranquilo (y nos dejar dormir) y en cambio su hermano menor se muestra muy inquieto (y no nos deja dormir). 

Compararte con otros y observar las consecuencias de sus actos, ayuda en esa autopercepción y en la construcción de tu identidad. Para describirnos utilizamos todo tipo de adjetivos. 

El autoconcepto es aquello que creemos que somos. Soy bueno, soy revoltosa, soy simpático, soy soberbia, soy inútil, soy inteligente

El problema es que utilizamos estos adjetivos como absolutos. En realidad, no siempre soy bueno, o revoltosa, o simpático o lo que sea. A veces lo soy, a veces no. Este absolutismo hace que nos identifiquemos con algunos aspectos y dejemos de lado otros. Nuestra identidad se vuelve rígida.  

 

La máscara

A partir de la construcción de tu identidad y de lo que aprehendes que es socialmente permitido, correcto y sus contrarios, decides que hay unas partes tuyas que son presentables. Por así decirlo, presentas en sociedad tus mejores galas. Haces un impecable trabajo de autoedición. O sea, que el filtro de Instagram no es nada nuevo. Solo su versión tecnológica. 

 

El yo ideal

Al identificarnos con una serie de atributos más o menos fijos, nos damos cuenta de nuestras carencias. Tampoco somos tontos y sabemos que patinamos en algunos aspectos. Ahí surge un ideal de quién debería ser yo realmente, de quién me gustaría ser realmente. Más alto, más guapo, más inteligente, más trabajador, más divertido, más atrevido, más de lo que sea y mucho más. Pero solo de lo bueno. Perseguimos una quimera. Imaginamos que un día seremos perfectos: ya no caminaremos, flotaremos. Ese es el yo ideal. Alguien al que no se puede reprochar nada. 

 

El juez interno

Es el comentarista de todas tus jugadas. Bueno, de las tuyas y las de los otros. Pero en quien tiene influencia directa si le escuchas y le haces caso es en ti mismo. Te trata con mucha crítica, exigencia, incluso desprecio, sarcasmo o humillación. Sin piedad, sin perdón. Nunca nada de lo que haces, sientes o piensas está suficientemente bien, ni es suficientemente bueno… Si te lo crees, puede fulminar tu autoestima llegando a paralizarte. De ti, ni las orejas aprovecharemos. Es demoledor.

Si, como parte de tu autoconcepto, te has identificado con ser bueno, cuando en alguna ocasión te comportas como una mala* persona, tu Tribunal Superior de Justicia hará acto de presencia y dictará sentencia. Y es que el Juez presionará para que te conviertas en ese Dios del Olimpo al que aspiras convertirte: el Yo Ideal. Cada vez que falles (y básicamente vas a fallar) va a hacer acto de presencia.

*mucho se podría discutir sobre supuestas maldades. 

 

El saboteador

Como el Juez Interno, el saboteador es otra manera de boicotearte. Es más sutil, incluso más encantador que el Juez. Se sitúa desde la perspectiva de que, si lo que el juez dice es cierto (que de ti ni las orejas aprovecharemos) entonces ¿para qué esforzarte? Cada vez que postpones o te cuentas algo para dejar de hacer según qué cosas, probablemente esté detrás tu parte saboteadora. No soy un Mozart, no soy Einstein… así que ¿para qué intentarlo? Por cierto, ¿qué consecuencias habría tenido para la humanidad dejarlo todo a manos únicamente de los genios?  

El saboteador puede tomar distintas formas: en algunas personas es la víctima (pobrecito de mí, todo me pasa a mí, etc.), en otras una forma infantil (como si uno no supiera, o no pudiera, como si fuese frágil), en otras sacándole hierro a todo incluso tomándoselo a guasa, etc. Cualquier cosa antes que responsabilizarte o responsabilizar a otros. 

Sea como sea, gracias a él, tiras la toalla.

 

El niño

En nosotros sigue existiendo el niño que fuimos. Una parte infantil, poco madura, incluso egocéntrica… una parte que no ha crecido. Desde el niño anhelamos, reaccionamos con rabietas y pataletas cuando las cosas no salen como querríamos, sentimos miedo o tristeza ante situaciones que como adultos catalogamos de ridículas, nos sentimos abandonados, ignorados o rechazados, etc. 

El filósofo Alain de Botton ha llegado a decir que los adultos somos niños disfrazados de adultos y, por lo tanto, deberíamos tratarnos con la paciencia con la que tratamos a los más pequeños. 

 

 

La sombra o el yo monstruoso

En cierto modo, la sombra es la contraparte de aquel yo ideal al que tu Juez aspira que te conviertas. La sombra engloba todos aquellos atributos o características de ti que desprecias o de las que te avergüenzas. Cuando sientes que mejor que te parta un rayo antes de que los otros descubran eso de ti. Así que, aquellos rasgos de tu personalidad que te disgustan, tratas de esconderlos bajo la alfombra. 

Querido compañero de especie: ¿y qué dirías que ocultas? Deja que te de algunas ideas: 

  • la timidez
  • el dolor
  • la envidia
  • el sentimiento de insuficiencia
  • la vergüenza
  • la rabia
  • el egoísmo
  • la culpa
  • el miedo
  • la tristeza
  • la avaricia

Etc.

Todas estas emociones tratamos de enviarlas a la clandestinidad. No queremos verlas o sentirlas ni en pintura porque nos resultan molestas, incómodas. Nos dan una imagen de nosotros mismos que nos disgusta, nada ideal. 

Sin embargo, que tratemos de ningunearlas, no significa que desaparezcan de la faz de la Tierra. De hecho, acostumbran a actuar desde la clandestinidad

¿Un ejemplo?

Sientes envidia por otra persona. Parece que a ella todo le sale bien. Y, en cambio, a ti no. Pero sentir envidia está mal. Y tú eres una buena persona, tienes que serlo (palabrita de Juez). Así que tratas de convencerte que no sientes envidia o tratas de ignorar esa rabia que crece en tu cuerpo cada vez que esa persona vuelve a ser felicitada o reconocida. Sin embargo, un buen día, tienes la oportunidad de fastidiarla de algún modo. Y lo haces. Muy frecuentemente toma la forma de un error inconsciente. Quizás no la pones en copia en algunos correos importantes, sin querer, porque te has despistado, te has olvidado, etc. Te olvidas de convocarla a esa reunión. O bien chismorreas sobre ella con otros. Y acaba creciendo una animadversión grupal hacia esa persona. 

 

¿Lo ves por qué es complicado lo de la gestión de equipos?

En conclusión, las relaciones laborales (y no solo éstas) entre personas son complicadas porque, aunque vemos una persona de una sola pieza, un packaging compacto, normalmente desconocemos la cháchara interna que mantiene consigo misma. Vemos a una; pero allí dentro hay muchos. 

 

 

Sobre el autor/a

Lia París

Antropóloga, docente, project manager y mucho más.

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